California lleva años peleando con algo que a mucha gente le suena demasiado: la falta de agua. Para que sigan saliendo chorros de agua del grifo y se puedan regar cultivos, el estado recurre cada vez más a dos soluciones intensivas en energía: desalinizar agua del mar y reutilizar aguas residuales tratadas. Millones de metros cúbicos atraviesan hoy plantas y tuberías que conectan el océano, las depuradoras y los embalses tierra adentro. La cuestión es simple y a la vez incómoda: ¿bastará este modelo o solo compra tiempo?
California estaría entre las mayores economías del mundo si fuera un país, y su agricultura tiene un peso clave en el suministro de frutas, frutos secos y hortalizas. Al mismo tiempo, el oeste de Estados Unidos ha encadenado una megasequía histórica. Un estudio liderado por la Universidad de California en Los Ángeles concluyó que el periodo entre 2000 y 2021 fue el más seco en al menos 1.200 años en la región, con una huella clara del calentamiento global.
La lluvia, además, no cae igual en todo el estado. El norte concentra buena parte de las precipitaciones y amplias zonas del sur dependen del agua que llega por acueductos y del manto de nieve de Sierra Nevada, que en muchos años secos se derrite antes y deja menos margen para el verano. Los últimos inviernos lluviosos han sacado a California del mapa oficial de sequía por primera vez en 25 años, pero los expertos hablan de un “latigazo hídrico” entre años muy húmedos y muy secos que no permite relajarse.
Un sistema que une océano, embalses y ciudades
Sobre un sistema clásico de presas, embalses y acueductos que lleva agua de norte a sur, el estado añade ahora una capa nueva: el océano como fuente complementaria. El Pacífico ofrece un volumen enorme, pero su agua es demasiado salada para beberla o usarla directamente en el campo. La respuesta son plantas de ósmosis inversa que captan agua de mar, la pretratan y la empujan a través de membranas semipermeables mediante bombas de alta presión hasta obtener agua dulce que después se ajusta químicamente para que sea estable y potable.
Uno de los ejemplos más conocidos es la planta desalinizadora de Carlsbad, en el sur del estado. Según los datos oficiales, produce alrededor de 50 millones de galones de agua potable al día para el área de San Diego, del orden de 190.000 metros cúbicos, y es la mayor desaladora de agua de mar en funcionamiento de Estados Unidos. Para conseguirlo necesita mucha electricidad por metro cúbico y genera una salmuera aproximadamente el doble de salada que el agua de mar, que debe diluirse para no dañar la vida marina cercana, según los reguladores.
Diversos análisis sitúan el coste del agua desalada entre el doble y el cuádruple del agua procedente de fuentes tradicionales, muy condicionado por el precio de la energía y por la ubicación de la planta. Por eso, la desalinización se trata como un recurso de apoyo: incluso sumando otras instalaciones costeras, la producción total sigue siendo pequeña frente al conjunto de demandas urbanas, industriales y agrícolas.
Cada gota cuenta, también la que baja por el desagüe
El otro gran pilar de la estrategia californiana es reutilizar el agua que ya ha pasado por el desagüe. En el condado de Orange, el sistema Groundwater Replenishment System toma aguas residuales depuradas y las somete a un tratamiento avanzado hasta obtener un agua de muy alta calidad que se inyecta en acuíferos o se mezcla en embalses antes de volver a potabilizarla. Es el mayor sistema de purificación del mundo destinado a reutilización potable indirecta y combina microfiltración, ósmosis inversa y desinfección ultravioleta con peróxido de hidrógeno.
El Departamento de Recursos Hídricos de California califica estas fuentes alternativas –agua reciclada, desalada y pluvial– como piezas clave para reducir la presión sobre ríos y acuíferos y ganar resiliencia frente a sequías cada vez más extremas. Para dar seguridad jurídica, la Junta Estatal del Agua y la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos han aprobado marcos específicos para la reutilización potable, tanto indirecta como directa, con barreras de tratamiento redundantes y requisitos de control continuo sobre el agua que vuelve a la red.
El reverso de estas soluciones es la energía. Bombear agua a lo largo de cientos de kilómetros y forzarla a través de membranas a alta presión dispara el consumo eléctrico y, si esa energía aún procede de combustibles fósiles, también las emisiones de dióxido de carbono. Estudios sobre el coste de las distintas opciones de suministro en California señalan que la desalinización es, en general, más cara y más intensiva en energía que la reutilización avanzada, la captura de aguas pluviales o muchas medidas de ahorro y eficiencia urbana.
Por eso, muchos expertos defienden que las desaladoras y las plantas de reutilización se alimenten con renovables y se acompañen de ahorro, eficiencia y captura de aguas pluviales, opciones más baratas y menos exigentes en kilovatios hora. En el fondo, la pregunta sigue abierta: ¿qué combinación de fuentes y políticas puede garantizar la seguridad hídrica sin disparar la factura ni agravar las desigualdades?
El estudio científico sobre la megasequía del oeste de Estados Unidos que enmarca este debate puede consultarse íntegro a través de la página de la iniciativa Drought.gov.








