Cansada de la presión, Marlene, exprofesora y hoy costurera, tomó una decisión que muchos se plantean cuando miran los atascos y el humo de la ciudad: volver al campo. Vive sola en una propiedad de unas 13 hectáreas en Ituporanga (Alto Vale do Itajaí, sur de Brasil), donde combina un huerto con frutales y un pequeño taller de costura montado en casa. Su historia, difundida en un vídeo del canal rural JJ88 y recogida por la prensa brasileña, se ha viralizado y resume un deseo muy actual: más autonomía, más naturaleza y menos estrés urbano.
Del duelo al regreso al campo
Marlene cuenta que nació en el campo y que de niña apenas fue a la escuela; aprendió a leer, escribir y hacer cuentas en casa con la ayuda de periódicos y revistas que su padre le llevaba. Más adelante se formó como maestra y trabajó cerca de dos décadas en las aulas. Tras casarse y tener dos hijos, la familia sufrió pérdidas de cosechas y se mudó a una zona más urbana, donde ella empezó a trabajar como costurera. Aun así, la pareja acabó comprando la finca donde vive hoy.
El giro definitivo llegó con la muerte repentina de su marido. Ante ese vacío, Marlene decidió reorganizar su vida, regresar al campo y asumir sola la gestión de la casa y de la tierra. No lo presenta como una aventura idílica, sino como una manera de seguir adelante, apoyándose en las habilidades que ya tenía y en una red local que conoce desde joven.
Huerto, frutales y menos química
En su testimonio explica que mantiene áreas cultivadas y un patio trasero con distintas frutas, y que usa su experiencia para decidir cuándo plantar, podar y cosechar. También detalla que procura evitar insumos químicos y que el contacto diario con la naturaleza le genera una sensación de bienestar difícil de conseguir de otro modo. En una región donde la agricultura marca el ritmo, ese estilo de vida no es anecdótico. Ituporanga es un municipio agrícola de Santa Catarina conocido por su producción de cebolla.
Un taller de costura en plena zona rural
Lo que hace singular su caso es cómo garantiza sus ingresos sin salir de la finca. Marlene montó un espacio de trabajo en casa, con máquinas y materiales, para confeccionar prendas a medida, ropa de cama, manteles y artículos de baño. Recibe a los clientes en la propia propiedad y señala que su visibilidad ha crecido gracias a internet y al boca a boca local. En sus palabras, el servicio llega hasta donde está la persona y no al revés. No tiene que fichar ni desplazarse a diario y organiza su propio horario.
Contexto, un país urbano que mira al campo
Su historia contrasta con las cifras oficiales. Según el Censo Demográfico de 2022, el 87,4 % de la población brasileña vive en áreas urbanas, frente al 84,4 % registrado en 2010. En paralelo, se multiplican los relatos de personas que abandonan las grandes ciudades para buscar calidad de vida en el interior, atraídas por más espacio, alimentos frescos y un ritmo de vida menos intenso.
Algunos expertos hablan de perfiles “neorrururales”, personas que aprovechan la conectividad digital y oficios flexibles para mudarse al campo sin romper con la economía urbana. Marlene encaja en parte en ese patrón, pero con una ventaja clara, ya contaba con tierra, una profesión ejercible desde casa y una comunidad agrícola consolidada a su alrededor. No es un salto al vacío, sino una reconfiguración de recursos que ya estaban ahí.
Es una opción real o un privilegio difícil de replicar
La vida que muestra el vídeo es tentadora: aire limpio, alimentos frescos del propio huerto, un trabajo que se hace mirando al verde y no a una pantalla. Pero la propia narrativa de Marlene recuerda que estas decisiones también implican ingresos irregulares, mayor distancia a servicios de salud y muchas horas de trabajo físico. Además, no todo el mundo dispone de una finca de 13 hectáreas ni de capital para montar un taller en casa.
Por eso su caso funciona más como inspiración y como recordatorio de que la sostenibilidad también pasa por apoyar a quienes ya viven y trabajan en el medio rural, garantizando servicios, conectividad y políticas que valoren la agricultura familiar y la pequeña producción de alimentos. Solo así historias como la de Marlene podrán dejar de ser una excepción y convertirse, al menos para algunos, en una opción real.












