Cuando vemos delfines junto al barco o una orca asomando la aleta, cuesta imaginar que sus antepasados caminaron sobre tierra firme. La pregunta es inevitable. ¿Podrían sus descendientes volver algún día a la vida terrestre si los océanos se vuelven demasiado hostiles?
Un nuevo estudio de biólogos de la Universidad de Friburgo, publicado en la revista científica Proceedings of the Royal Society B, responde con bastante contundencia. En la práctica, la respuesta es no. Estos mamíferos han cruzado un punto de no retorno evolutivo que los ata al mar.
De la tierra al mar, viaje solo de ida
La historia empezó hace cientos de millones de años, cuando los primeros vertebrados de aletas robustas se aventuraron fuera del agua y dieron origen a los tetrápodos, el gran grupo que incluye anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Mucho después, hace unos 50 millones de años, varias líneas de mamíferos hicieron el camino inverso y regresaron al océano. De ahí surgieron ballenas, delfines, manatíes y otros especialistas marinos.
El equipo de Bruna M. Farina analizó 5.635 especies de mamíferos actuales y recientemente extinguidos. Clasificó cada una en un continuo que va desde especies totalmente terrestres hasta especies totalmente acuáticas, pasando por formas semiacuáticas que todavía se mueven con cierta soltura en tierra, como nutrias o focas.
El resultado es llamativo. El 97 por ciento de los mamíferos sigue siendo estrictamente terrestre. Solo un 3 por ciento ha vuelto al agua en distintos grados. Y dentro de ese pequeño grupo hay un umbral claro. A partir de cierto grado de adaptación marina, el camino de regreso se vuelve prácticamente imposible.
Farina lo resume así. Es posible pasar de un modo de vida terrestre a uno semiacuático en pasos pequeños, pero existe un umbral de adaptación acuática que es irreversible. Una vez que una línea evolutiva cruza ese límite y se vuelve plenamente marina, como ocurre con delfines, orcas o grandes ballenas, ya no hay marcha atrás razonable hacia la tierra.
Qué cambia en el cuerpo de un mamífero marino
El estudio muestra que, a medida que un mamífero se adapta al mar, su cuerpo cambia de manera profunda. El tamaño aumenta de forma sistemática. Las especies semiacuáticas tienden a ganar alrededor de un cinco por ciento de masa por millón de años y las plenamente acuáticas hasta alrededor de un doce por ciento. Un cuerpo grande conserva mejor el calor en el agua fría y soporta mejor el esfuerzo de largas inmersiones.
Al mismo tiempo, la dieta se orienta casi siempre hacia la carne. Para mantener un metabolismo tan exigente, estos animales dependen de presas ricas en energía. En la práctica, el menú de muchos cetáceos combina peces, calamares y, en el caso de las orcas, incluso otros mamíferos marinos.
La forma del cuerpo también se transforma. Las patas se reducen y se convierten en aletas. La columna y la musculatura se reorganizan para permitir un nado eficiente, pero a costa de perder la capacidad de sostener el peso en tierra. El estudio enlaza estas transformaciones con la llamada ley de Dollo, un principio que afirma que un rasgo complejo que se pierde difícilmente vuelve a aparecer exactamente igual en la misma línea evolutiva.
Perder unas extremidades capaces de caminar no es como cambiarse de zapatos. Implica millones de años de mutaciones y selección natural. Reconstruir ese entramado genético y anatómico sería, en términos de probabilidad, casi imposible.
Trampa evolutiva en océanos en crisis
Para el lector puede surgir otra duda. Si no pueden volver a tierra, ¿qué significa esto en un planeta donde los océanos se calientan, se acidifican y acumulan contaminación?
Diversos trabajos señalan que el cambio climático ya está alterando la distribución, las rutas migratorias y la disponibilidad de alimento de cetáceos y otros grandes mamíferos marinos. Muchas especies se desplazan hacia latitudes más frías y ven cómo se reducen sus zonas de alimentación tradicionales.
Organismos como NOAA y varias organizaciones de conservación advierten de que el calentamiento del mar, la caída de las presas y el aumento de contaminantes ponen en riesgo la salud, la reproducción y la supervivencia de estos animales.
En el fondo, el mensaje es sencillo. Delfines y orcas no tienen un plan B en tierra firme. Su futuro depende de que mantengamos océanos habitables, con suficiente alimento y con menos ruido, plástico y tóxicos.
Qué dicen otros expertos
El genetista comparado Virag Sharma, que no participó en la investigación, celebra que el trabajo aporte datos sólidos a un debate antiguo sobre la irreversibilidad evolutiva. Al mismo tiempo recuerda que el análisis se centra solo en mamíferos y que conviene estudiar otros grupos de tetrápodos para ver hasta qué punto se cumple este patrón en todo el árbol de la vida.
La imagen que queda, aun con matices, es potente. Especies tan inteligentes y móviles como las orcas o los delfines son, en buena medida, prisioneras de su propio éxito evolutivo. Han perfeccionado tanto su vida en el agua que la tierra ha dejado de ser una opción.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica «Proceedings of the Royal Society B» y puede consultarse en el artículo Dollo meets Bergmann, morphological evolution in secondary aquatic mammals.







