La discusión reaparece cada año con las primeras heladas. Una idea muy extendida sostiene que los placas solares dejan de ser útiles en invierno y que su rendimiento se desploma hasta hacerlos poco rentables. La plataforma estadounidense EnergySage, especializada en asesoramiento y comparación de presupuestos de autoconsumo, desmonta esa premisa y recuerda un punto básico de la física fotovoltaica. Los paneles producen electricidad con la luz, no con el calor.
El matiz relevante está en separar eficiencia de producción total. En invierno, la eficiencia del módulo puede incluso mejorar porque las células trabajan mejor a menor temperatura. EnergySage lo resume con una fórmula sencilla. El frío suele elevar la potencia entregada por cada hora de sol, mientras que el calor tiende a penalizarla cuando el panel se calienta por encima del umbral de referencia.
Otra cosa es la energía diaria o mensual, que sí suele bajar en muchos lugares por la duración del día, la nubosidad y la posición del sol en el cielo. Dicho de otro modo, el invierno no “apaga” el panel, pero puede reducir la cantidad de radiación útil que llega a la instalación. En España, donde la nieve es episódica en gran parte del territorio, el factor diferencial suele ser la combinación de menos horas de luz y más sombras en cubiertas y fachadas, especialmente si el sistema no está bien orientado o si hay obstáculos cercanos.
La nieve, cuando aparece, introduce un problema distinto. No es el frío, sino la oclusión. Si el módulo queda cubierto, la producción se reduce porque la radiación no atraviesa. La misma guía de EnergySage subraya que, en instalaciones inclinadas, la nieve suele deslizarse o fundirse con relativa rapidez, y recuerda que los sistemas se diseñan para soportar cargas de nieve dentro de unos límites ensayados por los fabricantes.
El otro mito recurrente se refiere a la durabilidad. La vida útil no se mide en unos pocos inviernos. En el mercado residencial, las garantías de rendimiento se mueven de forma habitual en el entorno de los 25 años, con compromisos típicos de producción mínima en torno al 80% al final de ese periodo, además de garantías de producto más cortas para defectos de fabricación.
Los datos de campo respaldan esa idea de envejecimiento lento. Una revisión analítica ampliamente citada por el Laboratorio Nacional de Energías Renovables de EE UU (NREL) recopiló casi 2.000 tasas de degradación publicadas y situó la mediana en el 0,5% anual. En paralelo, un trabajo del propio NREL sobre rendimiento a largo plazo en climas fríos y nevados apunta a que, pese a los ciclos de hielo y deshielo y a las cargas de nieve, la degradación observada tiende a ser más lenta que en climas cálidos.
Con ese marco, la discusión práctica cambia. La pregunta útil no es si el panel “funciona” en invierno, sino cuánto produce el sistema en los meses de menor radiación y si el dimensionamiento y la instalación contemplan esas semanas de valle. También importa la expectativa. El autoconsumo se decide por el balance anual y por el perfil de consumo, no por el comportamiento de un puñado de días grises. Y, a medio plazo, la variable que más suele castigar la producción no es la nieve ocasional, sino una degradación acumulativa moderada y, sobre todo, pérdidas por suciedad, sombras y diseño deficiente.












