Cuando un hombre convierte una montaña en casa, ¿estamos ante una excentricidad viral o ante un laboratorio real de arquitectura sostenible? En la meseta de Loess, en el norte de China, un residente rural ha comprado una montaña entera y, con más de 30 trabajadores y excavadoras trabajando sin pausa, está excavando en su interior una vivienda, una granja y almacenes que aprovechan el propio terreno como estructura y refugio climático.
Más allá de la anécdota, el lugar importa. La meseta de Loess es un altiplano de unos seiscientos cuarenta mil kilómetros cuadrados, famoso por su suelo fino y compacto y por sus casas cueva tradicionales, los yaodong, que se excavan en laderas para aprovechar el poder aislante del loess frente a inviernos muy fríos y veranos abrasadores. Durante siglos, decenas de millones de personas han vivido en estas viviendas semienterradas, consideradas hoy un ejemplo de diseño sostenible porque el propio terreno mantiene el interior cálido en invierno y fresco en verano, con muy poca necesidad de calefacción o aire acondicionado.
En ese contexto encaja el proyecto de esta montaña perforada. Según el reportaje original, la obra arrancó con una fase delicada de nivelación de la ladera, retirando capas de suelo con grandes excavadoras para reducir la pendiente y evitar deslizamientos, pero sin eliminar la tierra que hace de “esqueleto” de la estructura. Cada corte se planificó para respetar la resistencia natural del loess y, una vez estabilizada la ladera, se abrieron grandes bocas de arco en la roca que distribuyen mejor la presión del terreno y hacen más seguras las cavidades interiores.
Dentro de la montaña, esas cavidades se han organizado como apartamentos, almacenes y espacios de apoyo agrícola. Los muros se han reforzado con ladrillo y mampostería, creando dobles paredes entre la cueva y las estancias habitables. Al mismo tiempo, se han abierto túneles internos y caminos de acceso y se han integrado desde el principio el cableado eléctrico, la fontanería y un sistema de drenaje subterráneo para conducir el agua de lluvia sin que erosione el talud. Parte del suelo excavado se ha reutilizado para crear terrazas alrededor de la montaña, de modo que se reducen residuos y se mantiene en buena medida el equilibrio original del terreno.
La clave ecológica de este tipo de vivienda está en el clima interior. La masa de tierra actúa como un enorme “abrigo” que filtra las oscilaciones de temperatura exterior. En otros proyectos de casas cueva modernizadas de la misma región se ha medido que, incluso cuando fuera se alcanzan veinte grados bajo cero, el interior se mantiene en torno a diez grados con calefacción mínima, y que el consumo energético es casi nulo, con ahorros estimados de hasta 2,4 toneladas de CO₂ al año por cada cien metros cuadrados de vivienda. Para quien mira cada mes la factura de la luz, ese detalle no es menor.
Ahora bien, esta historia no se puede leer solo como una ingeniosa solución bioclimática. La meseta de Loess ha sido descrita como uno de los paisajes más erosionados del planeta, tras siglos de sobrepastoreo y cultivos en ladera, y en las últimas décadas China ha lanzado enormes proyectos de restauración para controlar la pérdida de suelo, frenar las riadas y reducir las tormentas de polvo que llegan incluso a ciudades lejanas. Cuando se excava una montaña con maquinaria pesada, el riesgo de desestabilizar taludes, aumentar la escorrentía o dañar vegetación es real si no se acompaña de una buena gestión del paisaje.
En la práctica, el impacto ambiental de esta obra concreta depende de detalles que el reportaje no desvela, como los permisos, la gestión del agua o la restauración de la cubierta vegetal tras la excavación. Sí sabemos que la integración de drenajes y la reutilización del suelo para crear mesetas va en la línea de las recomendaciones de conservación de suelos de la propia región. Pero los expertos en restauración del altiplano recuerdan que el gran salto ecológico de la zona ha llegado cuando se han combinado cambios de uso del suelo, reforestación y límites a la agricultura en pendientes, no solo obras puntuales de ingeniería.
Entonces, ¿puede este tipo de montaña‑vivienda ser un modelo de futuro para el mundo rural? Las experiencias premiadas de nuevas viviendas yaodong muestran que, cuando se une tradición constructiva, diseño bioclimático y tecnologías sencillas como la ventilación natural o la captación solar, se pueden levantar miles de casas ecológicas, de bajo coste y casi sin emisiones, que además preservan la tierra agrícola de la superficie. El proyecto de esta montaña china apunta en esa dirección, aunque de momento sigue siendo una iniciativa individual y muy extrema.
En el fondo, lo que plantea este experimento es una pregunta que nos toca a todos, vivamos donde vivamos. Si somos capaces de usar mejor el terreno, aprovechar la inercia térmica del subsuelo y planificar pensando en el agua y el paisaje, cada casa rural puede convertirse en aliada frente al cambio climático, y no en un problema añadido.












